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jueves, 30 de julio de 2009

Extracto del diario del Padre Fernández


Entrada II


He llegado al pueblo al anochecer, la policía portuguesa lo tiene prácticamente tomado y solo gracias a mis credenciales he podido pasar, esta claro que no quieren que esto salga a la luz.
Mi contacto era el padre Costa, pero nada mas preguntar por el al oficial de guardia, este me ha dicho que esta recluido en la iglesia. Antes de poder hacerle alguna pregunta me ha llevado a verle. El pueblo esta vacío, no hay gente por la calle solo policías armados controlándolo todo. De camino el policía me ha dicho que se ha impuesto un toque de queda, nadie puede salir de sus casas y las comunicaciones con el exterior han sido cortadas. Definitivamente no quieren que esto salga de aquí, me maravilla el poder que tiene la iglesia y que permite mi presencia aquí.
La visión del padre Costa ha sido un golpe del cual no creo sea capaz de recuperarme nunca. El ver a un cura de la iglesia en semejante situación me hace dudar si tenemos siquiera una oportunidad de parar esto. Lo tenían encadenado a una columna. Su cara estaba desgarrada, la mejilla colgaba fláccidamente sobre su cuello y al notar nuestra presencia a comenzado a rugir como un animal, mientras intentaba soltarse de los grilletes con fuerte tirones. Un de sus muñecas se ha partido, pero el no lo ha notado y ha seguido dando tirones intentando soltarse mientras no nos quitaba los ojos de encima. Esos ojos… como la sangre, sin vida, sin inteligencia, pero con la maldad del infierno dentro de ellos.
He tenido que salir de la iglesia y alejarme de allí hasta que no escuchaba sus rugidos y gritos, en todo momento escoltado por el policía.
Le he preguntado si sabia que le pasaba, a lo que me ha respondido con un rotundo NO. Según me ha informado, diez personas mas del pueblo se encontraban en la misma situación, la única diferencia es que a ellas las tienen encerradas en el sótano de una casa.
Pero unas palabras suyas son lo que mas me ha aterrorizado, me ha dicho que habían abierto fuego contra ellos y que volvían a levantarse. “Padre, les hemos matado, les hemos matado y se han levantado”, tras estas palabras se ha derrumbado y ha comenzado a llorar mientras me pedía comulgar.
Me han cedido una habitación en la casa que han improvisado como puesto de mando. Plasmo esto en mi diario mientras intento ordenar ideas y sentimientos antes de mandar un informe al Vaticano, espero que las comunicaciones no afecten a mi portátil.
El quinto jinete ya esta entre nosotros… no tengo la menor duda.

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